El sueño del pongo y el nuevo pongueaje

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Escribe: José Luis Ayala
 Escuchar narrar “El sueño del pongo” a José María Arguedas en quechua y luego traducido al español, fue sin duda un gran privilegio. El novelista lo hizo en Puno, en la casa de Mateo Jaika, en febrero de 1967 (1), en presencia de Ernesto More, Aurelio Martínez, Inocencio Mamani, Josafat Roel, Samuel Frisancho y otros contertulios más. Dijo que no había podido grabar la narración de Santos Quyuqusi Qataqamara, comunero de Umutu, provincia de Quispicanchis (Cusco). Pero que la versión publicada en 1965, era casi fidedigna debido a su memoria y conocimiento del quechua (2).
El cuento ha tenido diversas lecturas, interpretaciones y análisis antes y después de la reforma agraria. Aunque muchos analistas lo nieguen, el Perú del siglo XX, tuvo un quiebre histórico cuando el gobierno de las Fuerzas Armadas, encabezadas por el general Juan Velasco Alvarado, llevó a cabo la reforma del agro. Con ese hecho desaparecieron los latifundios, las haciendas, las formas antisociales de explotación de seres humanos que trabajaban en el campo. Solo así se extinguieron los servicios gratuitos de los pongos, el eslabón más débil de una cadena invisible que se impuso desde el funcionamiento de las encomiendas. Como decía Alcides Arguedas (3): “Un pongo es un ser más parecido al hombre, es casi una persona, pero pocas veces, hace el oficio de tal, generalmente es una cosa. Es algo menos de lo que los romanos llamaba ‘res’… Pongo es sinónimo de obediencia, es el más activo, más humilde, más sucio y glotón de todos los animales de la creación”. (4)
En el cuento registrado por Arguedas, el pongo es un hombre abolido y además con serios defectos físicos. En efecto, empieza así: “Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia. Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas, viejas.
El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia.
- ¿Eres gente u otra cosa? – le preguntó – delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.
Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.
- ¡A ver¡ – dijo el patrón- por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas manos que parece que no son nada. ¡Llévate esta inmundicia¡- ordenó al mandón de la hacienda.
Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina” (5).
Pero el pongo cumplió con las tareas que le encargó el amo, el dueño de la hacienda. A pesar de que el patrón lo ridiculizó, se mofó de su aspecto físico, hizo de perro, ladró y caminó de cuatro patas, el pongo obedeció en todo. Históricamente, el pongo vino a ser un retrato fiel de lo que realmente ocurría en las haciendas del Perú y Bolivia. Hasta que el pongo decidió contarle al patrón su sueño. Al morir, ambos llegaron ante el Gran Padre San Francisco, quien dispuso que fueran embadurnados de miel y excremento. Luego vino la sentencia, que ambos se lamieran por la eternidad bajo la vigilancia de un ángel. El pongo miel y el gamonal excremento humano.
Es que una relectura de “El sueño del pongo”, es casi obligatoria con ocasión del Centenario del Nacimiento de José María Arguedas. Y una primera reflexión es que el Perú no es el mismo que cuando apareció el texto en quechua y español. Entonces, habrá que tener en cuenta los cambios que se han producido desde hace cuarenta y seis años. En primer término, el impacto de la reforma agraria y la contra reforma (6). La reforma agraria fue finalmente un proceso trunco. Finalmente, una decisión política de la derecha, destinada a desmantelar las cooperativas agrarias, a cortar de raíces una mejor distribución de las tierras productivas y construir un Estado-nación más justo.
Luego vino la violencia demencial del terrorismo que tanto daño ha hecho al tejido social y, cuyas consecuencias las vivimos todavía. Enseguida, las masivas migraciones del campo a las ciudades, la globalización sesgada y el crecimiento económico tan desigual. Así, el pongo, el siervo más humilde de las haciendas ha pasado a ser un personaje que no han conocido las nuevas generaciones, y que pese a las leyes sociales que prohibían el trabajo gratuito, miles de personas trabajaban en condiciones lamentables.
Si bien es cierto que efectivamente ha desaparecido el pongo como personaje de una historia vergonzante, lo que ha quedado en el imaginario es el concepto del pongueaje, del trabajo ahora voluntario ya no precisamente para un hacendado expoliador, sino para un patrón a veces invisible. Debido a esa maravillosa y permanente forma de renovarse que tiene el lenguaje, (del provenzal lenguatgea y este del latín lingua), de adaptarse a cualquier forma de código semiótico estructurado; para lo que se establece un contexto de expresión y algunos principios combinatorios formales, el lenguaje se expresa en la capacidad de las personas para comunicarse, reinventando y adaptando palabras. El lenguaje así, puede ser estudiado desde dos puntos de vista de la ontogenia, que remite al desarrollo y adquisición del lenguaje por el ser humano, y también desde la filogenia (7).
De modo que el ponguaje resulta una palabra útil. Entonces, podríamos empezar por preguntar si el pongueaje ha terminado. La respuesta es no, más bien ahora posee acciones refinadas y puede actuar soterrada como públicamente. Pero hay varias clases: Pongueaje cultural, económico, social y político. El ponguaje político no es una novedad, tiene una historia tan antigua y empieza con la imposición de la colonia. Sin embargo, no es como han aseverado algunos articulistas del poder mediático, el arribismo es un ejercicio distinto y tiene otras connotaciones que han sido debidamente analizadas. Tampoco se puede descartar que el pongueaje político, también se alimente de una dosis de arribismo y bastante de un deseo de servir (servil), no siempre desinteresadamente.
Se entiende que un político es una persona que tiene vocación y se dedica a realizar actividades de orden político. En otras palabras, interviene en acciones inherentes a la representación, ejecución, mantenimiento y ejercicio del poder en instituciones públicas. Viene a ser un representante legalmente reconocido como parte de un gobierno. Interviene por decisión propia o por elección para ejercer el poder. Lo ideal es que resulte electo en elecciones transparentes para que tenga legitimidad y representación legítima.
En cambio, ¿puede haber un homus pongos? La respuesta es sí. El homus político actúa públicamente, el humos pongos, no. Pero también puede intervenir para “defender” a la democracia, cuando ésta se encuentre amenazada por signos adversos. La acción política es abierta, mientras que el pongueaje político hace un trabajo permanentemente silencioso, calcula, medita, analiza y filtra información. Tiene su propia dinámica y no conoce el descanso. Ahora maneja instrumentos de análisis y tiene llegada a los medios de comunicación. Un moderno pongo político viste muy bien, posee un buen status económico, habla más o menos bien y a veces se presenta como analista, como la persona que tiene el deber moral de “salvar al Perú de una catástrofe social” (8).
Este personaje, por el momento pasa desapercibo, debido al clima electoral, se trata de una coyuntura en la que no se discuten temas trascendentales sino banalidades. Pero cuando todo se haya calmado, el nuevo presidente del Perú y los flamantes congresistas juren por Dios y la Patria (plata), emergerán los novísimos pongos políticos. Se trata de un ejercicio muy arraigado desde la colonia con la participación de los caciques y formación de la República. Como la corrupción, será muy difícil desarraigarlo porque es una conducta, una forma de actuar, de pensar y de vivir. En fin, el pongo en el texto de Arguedas es un hombre humillado, negado, expoliado y sin ningún derecho humano. Al haber desaparecido ese personaje con la Reforma Agraria, el concepto se ha trasladado a la vida política y seguramente servirá como tema de reflexión y análisis en el futuro.
NOTAS
1.- En el mes de febrero de 1967, José María Arguedas llegó a Puno y pudo ver la Fiesta de Nuestra señora de la Candelaria. Ocasión en la que tuvimos la ocasión de conocerlo.
2. José María Arguedas, contó que la versión del cuento finalmente resultó de lo que escuchó y que Santos Quyuqusi Qataqamara, no volvió para hacer una grabación.
3.- Alcides Arguedas (La Paz, Bolivia, 15/7/1879 – † Chulumani, Bolivia, 6/5/1946). Escritor, político, historiador. Abogado y licenciado en Ciencias Políticas (1904). Representó a Bolivia en Francia, Inglaterra, Argentina, Colombia (1929). Diputado por el Partido Liberal (1916) y senador por La Paz (1940). Arguedas es el escritor boliviano más conocido en el mundo.
4.- Arguedas, Alcides. Historia general de Bolivia. Página 288, Amigos del Libro, La Paz (Bolivia) 1922.
TOMADO DE: http://losandes.com.pe/Opinion/20110320/47577.html